Sobre mí

Sobrevivir no es lo mismo que vivir.
Si estás aquí, es posible que entiendas esta diferencia.
Se supone que aquí debería decirte cosas como: “Soy psicólogo, especializado en X, con formación en Y, y trabajo desde el enfoque Z”. Y sí, todo eso es relevante. Pero si te soy sincero… no creo que sea lo más importante.
Prefiero empezar contándote algo más personal:
Yo también estuve ahí.
Conozco bien el peso invisible que se instala en el pecho, aunque sigas sonriendo. Sé lo que es moverse por días que han perdido su color. Es el agotamiento sordo de sostener una alegría que no sientes, de saber que algo no encaja, aunque no puedas señalarlo con el dedo.
Durante tiempo, esa sensación me llevó a buscar desesperadamente, buscar un porqué que le diera sentido a todo. Necesitaba una respuesta.
Recuerdo nítidamente la primera vez que sentí que la encontraba.
Yo tenía catorce años, era otoño y volvía abatido de la escuela, era una época especialmente difícil para mí.
Recuerdo que caminaba despacio por la calle mientras los coches pasaban zumbando a mi alrededor, cuando la luz roja de un semáforo me frenó en seco. Fue justo en ese momento cuando una idea irrumpió con fuerza en mí cabeza, como una especie de intuición que aparece de la nada: “Si entiendo cómo funciona la mente, podré volver a ser feliz”.
Y ahí empezó todo este camino.
Empecé a leer compulsivamente, a estudiar, a analizarme sin descanso.
Me aferré al conocimiento como si fuera un salvavidas. Quería entenderlo todo. Observaba y analizaba cada emoción, pensamiento y reacción, creyendo que si lograba ponerle un nombre a todo, por fin tendría el control.
Ese fue mi motor durante años: la creencia de que en algún libro, en algún curso, encontraría “la solución” que lo pondría todo en su sitio.
Y durante un tiempo, funcionó. O eso creí.
Porque sí, me volví más estable, más racional, más firme. Pero algo no encajaba.
Era como si me hubiera desconectado de mí. No sufría, pero tampoco disfrutaba. Todo se volvía correcto, mecánico, plano. Vivía pensando lo que debía hacer, sin poder sentir lo que realmente quería hacer. El amor, la alegría, la ilusión… eran como luces lejanas que podía ver, pero no abrazar.
Ahí fue cuando empecé a sospechar que había algo más. Algo que no se resolvía solo con pensar. Algo que tenía que ver con sentir. Con soltar el control, con bajar al cuerpo.
Y ese fue el verdadero comienzo.
Me di cuenta de que había convertido el autoconocimiento en una estrategia más de control. Que estaba intentando entender mis emociones… para no tener que sentirlas.
Así que empecé a rendirme. A dejar de luchar contra mi propia experiencia y, simplemente, darle espacio al miedo, a la rabia, a la tristeza. Aprendí a escuchar mi cuerpo.
Descubrí que no se trataba de entender más, sino de rendirme a la experiencia tal y como era. De estar con lo que hay, incluso si es caótico, incierto o incómodo.
Pero esa rendición tuvo una consecuencia inesperada:
Me volví a sentir perdido.
No por no tener herramientas, sino porque me di cuenta de que había aprendido a contenerme tanto, que me costaba incluso reconocer cuándo necesitaba llorar, gritar o simplemente estar en silencio.
Y eso me enfrentó a una verdad incómoda: no se trataba solo de tener conocimientos o técnicas, sino de estar dispuesto a mirar mis propias sombras. A dejarme sentir y experimentar lo que incomoda, lo que no encaja, lo que descoloca.
Y al hacerlo, descubrí la gran paradoja: que la lucha era lo que me mantenía anclado al dolor. Solo cuando dejé de pelear contra la incomodidad y me permití sentirla, fue cuando, por fin, algo empezó a transformarse.
Y todo cambió.
Y el cambio no fue forzado, sino orgánico.
El sufrimiento y malestar que me había acompañado durante tanto tiempo, empezó a desvanecerse por sí solo.
Los mismos patrones que intenté cambiar con tanto esfuerzo durante años, de repente, comenzaron a disolverse cuando dejé de luchar contra ellos. Descubrí que el dolor no era un enemigo a vencer, sino un mensajero que necesitaba ser escuchado. Y que atenderlo, en lugar de evitarlo, era el acto de amor propio más sanador que existía.
Poco a poco, sin necesidad de aplicar más técnicas ni rutinas forzadas, apareció una forma más amable, honesta y amorosa de estar conmigo, con los demás y con la vida.
Y lo más inesperado fue descubrir que, a medida que yo dejaba de forzar las cosas por dentro, todo a mi alrededor empezaba a encajar por fuera, sin necesidad de controlarlo.
Y todo este viaje me ha traído hasta aquí, al lugar donde estoy ahora.
Hoy no me muevo desde la necesidad de encontrar respuestas definitivas, sino desde la curiosidad de estar en contacto con lo que es. Y eso, paradójicamente, me ha dado una claridad mucho más profunda que la que nunca pude alcanzar desde el análisis o el esfuerzo por comprenderlo todo.
Mi mente analítica, que durante tanto tiempo había sido mi refugio, comenzó a convivir con una parte más intuitiva, más sensible, más conectada al instante. No tuve que elegir entre una y otra: entendí que podían dialogar. Que podían enriquecerse mutuamente.
Ahora, sinceramente, me interesa mucho más sentirme en paz conmigo que cumplir expectativas. Me importa vivir con coherencia interna, aunque eso a veces signifique no tener respuestas, equivocarme o cambiar de idea. He aprendido que es mejor ser honesto que perfecto.
Hay días que sigo dudando, claro. Días en los que me siento un poco pequeño, saturado, o simplemente desconectado. Pero ya no lo vivo como un fracaso. Lo vivo como parte del viaje. Porque si algo me ha quedado claro en todo este camino es esto: no hace falta estar siempre bien para estar bien.
Y aunque sigo aprendiendo, sigo cayendo y levantándome, hoy lo hago con otra mirada. Una más amable. Una que no busca tenerlo todo claro, pero sí estar presente. Que no necesita demostrar, pero sí conectar. Que ya no teme tanto al caos, porque ha aprendido que ahí también hay verdad, belleza y vida.
Y si te cuento todo esto, es por una razón.
No vengo a darte lecciones de vida. Tampoco ofrezco soluciones mágicas ni frases inspiradoras prefabricadas. Lo que sí tengo es un montón de curiosidad, muchas preguntas, y bastante experiencia —personal y profesional— en eso de aprender a escucharse, a sentir, y a dejar de pelearse con uno mismo.
Vengo a estar contigo en ese punto exacto donde la vida se vuelve confusa, incómoda, pero también llena de posibilidades.
No creo en caminos rectos ni en respuestas universales. Creo en procesos vivos, orgánicos, llenos de idas y vueltas. En espacios donde se puede dudar, tambalear, sentir miedo, frustración, tristeza… y aun así seguir caminando. Porque lo que transforma no es encontrar la “clave correcta”, sino atreverse a atravesar lo que uno siente con honestidad. Habitar la contradicción sin perderse. Y mirar hacia dentro sin necesidad de que todo tenga sentido de inmediato.
No estoy aquí porque lo haya logrado todo. Estoy aquí porque sé lo que es buscar, tropezar, levantarse, volver a caer… y aun así seguir eligiendo el camino. Y si algo puedo ofrecer, es ese espacio donde uno puede dejar de fingir, donde puede respirar más hondo, y donde por fin, poco a poco, empiezas a sentirte en casa contigo mismo.
Eso, para mí, es el verdadero sentido de este viaje.
Es posible volver a respirar sin miedo.
Es posible volver a disfrutar sin culpa.
Es posible volver a sentir que estás en casa dentro de ti.
Y ese cambio empieza cuando decides dejar de sobrevivir… para empezar a vivir.
No sé en qué punto de tu camino te encuentras. Tal vez te sientas a la deriva, o sientas el agotamiento de esforzarte sin que nada cambie de verdad. Quizás, simplemente, estés cansada/o de hacerlo todo a solas. Sea como sea, si has llegado hasta aquí, algo te ha traído. Una inquietud, una curiosidad, esa vocecilla interior que dice: “quizá por aquí hay algo”.
Si algo de lo que has leído ha resonado contigo, si te has sentido un poco menos sola/o y un poco más comprendida/o, siéntete libre de escribirme.
