Cuando las formas se ablandan
Psicodélicos, predicción y el reencuentro con uno mismo
Cómo una mente que predice construye sus rigideces —y qué ocurre cuando esas formas ceden y, por fin, hay alguien para recibir lo que aparece.
¿Qué le pasa a tu cerebro con los psicodélicos? Para casi todo el mundo la respuesta es una de dos. O drogas —descontrol, peligro, algo de lo que apartar la mirada—. O un destello de promesa, la llave mágica de no se sabe bien qué. Dos caricaturas opuestas, y las dos se quedan cortas. A mí me interesa una tercera historia, más callada y más honesta: la de lo que de verdad ocurre ahí dentro. Porque tiene menos que ver con la química, y más contigo, de lo que parece.
Empieza con un momento —el que abren los psicodélicos, aunque no solo ellos— en que algo cede. No es que el mundo se vuelva irreal ni que empieces a ver cosas que no existen. Es más sutil, y más interesante: las formas —las categorías firmes con las que organizamos lo que sentimos, las paredes que separan esto de aquello, el contorno duro de «así soy yo y así son las cosas»— se ablandan. Se desdibujan. Y en ese ablandamiento, a veces, aparece la posibilidad de mirarse desde otro sitio.
Solemos despachar ese momento con un verbo defensivo: la persona está flipando. Como si fuera una avería, ruido, una desconexión de la realidad. Pero la etiqueta técnica es otra, y más honesta. Son estados alterados de conciencia. Alterado no quiere decir falso. Quiere decir que la forma habitual se ha modificado, que la estructura que sostenía la experiencia se ha vuelto, por un rato, más flexible. Y la pregunta que me interesa no es si lo que aparece es real —ya veremos que está mal planteada—, sino otra: ¿por qué, cuando una estructura se ablanda, podemos por fin encontrarnos con partes de nosotros que el resto del tiempo permanecen bloqueadas?
Para responderla hay que unir dos ideas que vivieron décadas separadas, y que en 2019 dos neurocientíficos —Robin Carhart-Harris y Karl Friston— decidieron juntar. Lo que sigue es la historia de ese encuentro, contada hacia un lugar muy concreto: la relación con uno mismo.
La mente que predice
Empecemos por Friston, porque su idea cambia de raíz lo que creemos que es percibir.
Durante mucho tiempo imaginamos el cerebro como una cámara: el mundo entra por los sentidos y el cerebro lo registra. Friston lo da la vuelta. El cerebro no recibe el mundo: lo anticipa. Es, antes que nada, una máquina de predicciones. A cada instante construye un modelo de lo que espera encontrar, y lo que percibimos no es el dato que llega de fuera, sino esa predicción, corregida solo cuando el dato la contradice.
Lo llamó principio de energía libre. Sin ecuaciones: todo ser vivo intenta minimizar la sorpresa, la distancia entre lo que predice y lo que ocurre. Para lograrlo levanta un modelo por capas. Abajo, las predicciones concretas, sensoriales. Arriba, las creencias abstractas: quién soy, cómo es la gente, qué cabe esperar de la vida. Y esas creencias de arriba mandan. Filtran. Deciden qué información merece subir y cuál se descarta por improbable.
Hay una palabra clave: precisión. Cada creencia lleva un peso, una confianza. Cuanto más confiada, más fuerza para imponerse sobre lo que la contradiga. Una creencia muy precisa es una creencia que casi no escucha: lo que no encaja en ella ni siquiera llega a la conciencia.
Casi siempre, esto es una bendición. Nos deja cruzar la calle sin recalcular el universo, reconocer una cara, sostener un yo estable. Pero tiene sombra. Cuando una creencia se vuelve demasiado segura de sí misma, el modelo deja de actualizarse: empieza a ver solo lo que confirma lo que ya cree. Eso, en la mente, tiene un nombre muy reconocible. Rigidez. La mentira que la mente se cuenta no es un capricho: es una predicción tan confiada que ya no admite revisión.
El surco
¿Y por qué algunas creencias se endurecen así? Carhart-Harris y su equipo rescataron en 2023 una palabra vieja, prestada de la biología: canalización.
Imagina un paisaje de colinas y valles, y una pelota rodando. La pelota es tu experiencia; los valles, las creencias hacia las que tiende a caer. Al principio el terreno es suave y la pelota va a muchos sitios. Pero cada vez que rueda por un mismo valle, lo ahonda un poco. Con los años, algunos surcos se vuelven tan hondos que la pelota ya no sale de ellos. Y no siempre hace falta el desgaste lento: una experiencia muy intensa descarga de golpe tanta energía que abre, en un solo paso, un hueco profundísimo. A veces basta una vez. Llueva lo que llueva, la pelota acaba en el mismo fondo.
Y hay algo casi cruel en cómo funciona ese surco, porque no se cava por capricho: se cava para protegernos. Una creencia como «no puedo confiar en nadie» o «si me muestro, me hacen daño» fue, en su origen, una respuesta sensata a algo que de verdad dolió. El surco, un día, nos salvó. Lo inquietante es lo que viene después —cuando el peligro ya pasó y el surco sigue ahí, decidiendo por nosotros sin que lo notemos—. Pero a eso, y a lo que podría ablandar un cauce tan hondo, llegaremos.
El cerebro entrópico
Aquí entra la segunda idea, la de Carhart-Harris, y aquí el ablandamiento se vuelve física.
Pensemos en dos regímenes para un cerebro. Uno ordenado, predecible, de baja entropía: las creencias de arriba mandan con firmeza, la experiencia corre por sus cauces, todo en su sitio. Es la conciencia de vigilia normal, con su gran ventaja —la estabilidad— y su coste callado —la estrechez—. El otro es de alta entropía: más desorden, más variabilidad, más complejidad. Menos predecible y, por eso mismo, más flexible.
La hipótesis del cerebro entrópico —Carhart-Harris, 2014, revisada en 2018— dice que la riqueza de un estado de conciencia va con su nivel de entropía, y que los psicodélicos serotoninérgicos (psilocibina, LSD, DMT) hacen exactamente eso: suben la entropía de la actividad cortical. Empujan al cerebro del régimen estrecho hacia uno más turbulento y abierto.
Me viene siempre la misma imagen: la tormenta y el cielo. Lo que vivimos como caos —la turbulencia, el desorden, la pérdida de las formas conocidas— es la tormenta. Pero la tormenta no es lo contrario del cielo: ocurre en el cielo, en ese espacio ancho que estaba siempre detrás de las formas y que la rigidez no nos dejaba ver. Subir la entropía es, en parte, dejar que la tormenta nos devuelva el cielo.
El encuentro: REBUS
Y entonces, en 2019, las dos historias se cruzan. Carhart-Harris y Friston publican un artículo que junta la energía libre con el cerebro entrópico. Lo llaman REBUS —RElaxed Beliefs Under pSychedelics, creencias relajadas bajo psicodélicos— y, con humor, «el cerebro anárquico».
El mecanismo es de una precisión hermosa. Por su efecto entrópico sobre la actividad cortical, los psicodélicos hacen algo muy concreto: relajan la precisión de las creencias de alto nivel. No las borran. Les bajan el peso, la confianza. Y al aflojar esas creencias que mandaban, la jerarquía se aplana. La información de abajo —la que quedaba filtrada, suprimida por la firmeza de arriba— por fin sube y se hace sentir. Sobre todo la que viene de dentro: del cuerpo, del sistema límbico.
Y aquí está la respuesta a la pregunta mal planteada, la de si lo que aparece es real. Lo que sube cuando los priors se relajan viene de ti. Es material tuyo: tus propios datos, casi siempre por debajo del umbral, acallados por la firmeza del modelo. No es una alucinación que se cuela de fuera. Es una señal tuya que por fin se escucha. Por eso esas percepciones también son ciertas: no describen el mundo de ahí afuera, pero revelan algo verdadero de ti.
El modelo más nuevo cierra el círculo con la canalización. Si el sufrimiento es un paisaje de surcos demasiado hondos, subir la entropía es como calentar un metal: el terreno se vuelve maleable, y los cauces que parecían definitivos pueden, por un rato, volver a esculpirse. No es solo una imagen —puede medirse algo parecido a una subida de temperatura en la dinámica del cerebro—, y en las semanas siguientes se abre una ventana de plasticidad, un tiempo de aprendizaje que creíamos cerrado desde la adolescencia. El paisaje, brevemente, puede cambiar de forma.
Lo que afloja, y quién sostiene
Que el paisaje pueda cambiar de forma no garantiza que cambie para bien. Y aquí conviene separar dos cosas que es fácil confundir, porque de ellas depende casi todo.
Lo que afloja la firmeza de las creencias no es la conciencia: es el contacto con la experiencia. Bajar al cuerpo, a la emoción, al momento. Eso le quita peso a la capa que piensa y manda, y deja subir lo de abajo. Por eso el aflojamiento puede ocurrir sin ninguna conciencia. Una persona desbordada por lo que siente está justo en ese estado —priors flojos, energía a flor de piel— y, sin embargo, no se acompaña: la arrastra la corriente. Abrir, por sí solo, no basta.
La conciencia es otra cosa. No abre tanto como sostiene lo que se ha abierto. Es lo que te deja estar con esa energía en vez de que te arrase. Y ojo con la palabra control: no es apretar ni dominar —eso volvería a tensar la cuerda, sería otra vez lucha—. Se parece más a observar, a dejar ser, a bailar con lo que aparece. Una presencia que no agarra. Y, justo por no agarrar, disuelve las formas rígidas: deja de alimentarlas. No las combate; al no fundirse con ellas, las afloja.
Pero ser esa presencia no viene de fábrica. Es lo más difícil de todo, porque ante el dolor que sube solemos hacer una de tres cosas. O nos fundimos con él y nos volvemos el miedo. O huimos hacia arriba, a la cabeza, a explicarlo. O, más callado, lo rechazamos, como si no debiera estar ahí. En los tres casos, el que tenía que acompañar no aparece.
Aprender a sostenerse es no hacer ninguna de esas tres. Estar con lo que duele sin convertirse en ello y sin salir corriendo: un pie en lo que sientes, el otro en el presente que mira. Hay una ventana en la que la activación es bastante alta para sentir de verdad y bastante baja para no desbordarse, y mantenerse ahí, en tu propia compañía, es lo que vuelve el material habitable en vez de invasor. Llámalo como quieras —observar sin fundirse, ser el autor y no la víctima de lo que te pasa—; en el fondo es una sola cosa: una relación contigo en la que, por fin, puedes encontrarte y sostenerte.
Y aquí está el filo. El mismo aflojamiento puede terminar en fragmentación o en encuentro, y lo que inclina la balanza no es la sustancia ni la técnica: es la presencia. Por eso todo lo que rodea a una experiencia así —la intención, el lugar, el vínculo, el trabajo de después— no es decorado. Es la mitad del fenómeno, la que decide su signo.
El reencuentro
Cuando esa presencia sí está, la experiencia se vive desde dentro. Y pasa algo que desde fuera parece raro y desde dentro es nítido: al aflojarse el contorno de siempre, se abren partes que el resto del tiempo permanecen bloqueadas, rígidas, fuera de alcance. No es que no existieran; la estructura las mantenía a raya.
Y esas figuras internas que llevan toda la vida ahí —que no son «reales» y sin embargo nos estructuran— se vuelven, de pronto, palpables. El niño que fuimos es el ejemplo perfecto. Cuando la estructura cede y lo de dentro puede subir, ese niño deja de ser un concepto y pasa a ser algo con lo que puedes estar: verlo, sentirlo, darle forma.
Y aparece la pregunta inevitable: ¿de dónde venía este miedo, este bloqueo? No se responde con una explicación, sino cuando el material que la sostiene se vuelve por fin accesible y uno puede acompañarlo en lugar de defenderse de él. Pero solo si hay alguien ahí para acompañarlo. Y ese alguien, antes que nadie, eres tú.
Y aquí conviene cerrar el hilo con el que vinimos. Hemos seguido a los psicodélicos hasta este encuentro no porque la sustancia tenga nada de mágico, sino porque son la ventana más nítida a este mecanismo. Lo que mueve algo no es la química: es el estado que abre —las formas que ceden, lo de dentro que sube, alguien presente para sostenerlo—, y a ese estado se entra por muchas más puertas, casi todas sin tomar nada. Ya llegaremos a ellas. Así que no: nada de esto es una invitación a drogarse, ni fue nunca ese el punto. El punto es lo que ocurre cuando una forma se ablanda y hay alguien para recibir lo que aparece.
Reconocer antes de reformular
Llegamos al corazón clínico, y a la razón por la que toda esta neurociencia me parece, en el fondo, una descripción de cómo cambia una persona —con psicodélicos o sin ellos—.
Hay un principio al que vuelvo siempre: reconocer antes de reformular. No puedes reescribir una creencia con la que sigues fusionado a toda potencia. Mientras conserva su precisión, no escucha; discutirla de frente choca contra el muro y rebota. Primero tiene que ablandarse —ser reconocida, sentida, habitada sin defensa— y solo entonces puede revisarse.
Esto explica algo que cualquiera que haya hecho terapia conoce: el insight solo no basta. Puedes saber perfectamente de dónde viene tu miedo, tener el mapa entero, y que no cambie nada. Entender una creencia no la afloja; le añade otra capa de pensamiento. Lo que la reescribe es vivir, mientras está abierta, una experiencia que la contradiga. No discutir con la parte asustada: girarse hacia ella. Que sienta, por primera vez, que alguien la mira. Ese «te veo, no te abandono», sentido en el cuerpo, es la experiencia que no encaja con «estoy solo»; y por eso, en lugar de taparse, la vieja creencia puede cambiar.
Y no es solo intuición clínica: la propia investigación con psicodélicos encontró ese mismo orden por su cuenta. Primero las creencias relajadas durante la experiencia; después, semanas más tarde, revisadas. Primero el reconocimiento; luego, y solo luego, la palabra nueva.
Y aquí se ilumina el eje que organiza mi forma de trabajar: lucha frente a vivencia. La lucha es empujar precisión contra precisión: enfrentar la creencia rígida con más fuerza, más argumento, más control. No funciona —rigidez contra rigidez solo endurece el surco—. La vivencia con conciencia es lo contrario: soltar, entrar en contacto, habitar lo que aparece sin perderse. Eso, y no la batalla, es lo que deja que el cauce se vuelva a esculpir.
El estado, no la sustancia
Lo apunté al cerrar la parte de los psicodélicos, y aquí lo desarrollo. La sustancia tiene sus líos —riesgos reales, contextos que importan, personas y momentos para los que no es—, y no es el demonio que pintaron ni la panacea que promete el entusiasmo. Pero, sobre todo, no es la dueña de nada. El estado del que venimos hablando —los priors que aflojan, las formas que se desdibujan, lo de dentro que sube— es una capacidad humana, de las más tuyas, y a casi todas sus puertas se entra sin tomar nada. Están repartidas por tu vida, más cerca de lo que crees. Lo único que cambia es si las cruzas dándote cuenta.
La más conocida es la meditación: en la práctica sostenida, la capa que piensa cede y deja pasar lo que filtra. No es casual que la investigación compare una y otra vez psicodélicos y meditación profunda. Pero es solo la puerta más señalizada.
Está la respiración, la palanca más inmediata que tienes: cambia cómo respiras y cambia, en minutos, desde dónde percibes.
Está el cuerpo llevado al límite. Quien ha corrido mucho, bailado hasta perderse o acabado un esfuerzo enorme conoce ese punto en que la cabeza se calla y queda solo la experiencia. Un amigo, al cruzar la meta de un Ironman, estaba literalmente ahí durante horas. No hace falta un Ironman: hace falta entrar en el movimiento desde la sensación, no desde el cronómetro. Y eso lo tienes hoy, gratis.
Y está —quizá la más honda— la de crear. Aquí me detengo, porque decimos «el arte» y el arte es solo la forma que toma algo más profundo: el acto de crear. Crear es dar forma a algo que vive en ti, pero no por la cabeza, sino por otros lenguajes —el cuerpo, el sonido, la imagen, el gesto, el símbolo—. Y ahí está la clave: cuando te expresas por una vía que no pasa por el concepto, la capa que piensa deja de mandar, los priors se aflojan solos, y lo de abajo encuentra un canal. Pintar, tocar, escribir, bailar, montar un tema, subirte a un escenario: la forma da igual. Lo que sostiene a tanta gente no es el resultado, sino el gesto de dar forma a lo que siente, que la deja, sin proponérselo, en este estado.
Y está, ni por encima ni por debajo, la terapia: un espacio hecho a propósito para recoger todo eso e integrarlo con calma. El contacto con el niño, el encuentro con el dolor, los grupos: formas de entrar acompañado en vez de a solas.
Caminos muy distintos hacia un mismo umbral. Lo que comparten no es la técnica, sino la dirección: una capa que afloja y un contacto que se abre. Así que la pregunta deja de ser si puedes llegar a ese estado —puedes, y lo haces más de lo que crees— y pasa a ser otra: ¿vas a cruzar esas puertas dormido o despierto?
Coda: la disolución
Si todo esto es cierto, la sustancia nunca fue el agente de la cura. Lo que cura no es la puerta: es el estado que hay al otro lado. Y a ese estado, ya lo hemos visto, se llega sin química, por tantos caminos como formas tenemos de ablandarnos sin dejar de estar presentes.
Y queda el último giro, el más hondo. El objetivo no es instalar una creencia rígida mejor que la anterior. No es cambiar un muro por otro muro. Lo que de verdad importa pasa un piso más arriba: no en qué crees, sino en si puedes seguir revisando lo que crees. La meta no es un paisaje con surcos nuevos. Es recuperar la maleabilidad del terreno.
Y digo «recuperar», no «adquirir», porque esa flexibilidad era nuestra. La perdimos por el camino, a fuerza de acumular certezas. El cerebro, por ahorrarse sorpresas, se va ordenando hasta endurecerse, mientras la realidad no para de moverse. Lo más vivo que tenemos no es ninguna certeza: es la capacidad de aprender, de cambiar con lo que cambia. Y es lo primero que la rigidez nos quita.
Aquí está la trampa, y es fina. En cuanto esto se recibe como un programa —«voy a aplicar técnicas para volverme más flexible»—, se ha perdido. Querer recuperar la plasticidad por control es el sistema rígido optimizándose a sí mismo: un muro nuevo con la etiqueta de «flexibilidad». La flexibilidad no se instala; se reencuentra. Y no aplicando un método, sino haciendo casi lo contrario: soltar, entrar en contacto, dejar que las formas se ablanden. Las técnicas vienen después, al servicio de eso. Nunca antes, nunca en su lugar. En la raíz no está la herramienta: está la entrega.
Por eso el método, en su mejor versión, tiende a su propia disolución. No deja una estructura más: devuelve la flexibilidad que la estructura había secuestrado, y se aparta. Llevado al final, eso tiene un nombre que las tradiciones contemplativas —el budismo sobre todo— conocen hace siglos: la disolución del ego. El ego es la cima del orden, el prior más alto y más defendido, el «así soy yo» que organiza a los demás. Dejarlo aflojar un rato es devolver el sistema a su estado más abierto, reconectarlo con la capacidad de aprender que latía debajo. No para quedarse disuelto —eso sería caos— sino para volver a formarse con más holgura. No por nada, uno de los estudios que rastreó esto en el cerebro se titula encontrar el yo perdiéndolo.
Y al final, cuando las formas se ablandan y hay alguien —tú— sosteniendo la experiencia, no te pierdes en ella. Pasa lo contrario. Te encuentras.
Te encuentras.
Referencias
- Carhart-Harris, R. L., & Friston, K. J. (2019). REBUS and the Anarchic Brain. Pharmacological Reviews, 71(3), 316–344.
- Carhart-Harris, R. L., et al. (2014). The entropic brain. Frontiers in Human Neuroscience, 8, 20.
- Carhart-Harris, R. L. (2018). The entropic brain – revisited. Neuropharmacology, 142, 167–178.
- Carhart-Harris, R. L., Chandaria, S., … Friston, K. J. (2023). Canalization and plasticity in psychopathology. Neuropharmacology, 226, 109398.
- From relaxed beliefs under psychedelics (REBUS) to revised beliefs after psychedelics (REBAS). Scientific Reports (2025), 15, 3651.
- Carhart-Harris, R. L., & Friston, K. J. (2010). The default-mode, ego-functions and the free-energy principle. Brain, 133(4), 1265–1283.
- Lebedev, A. V., et al. (2015). Finding the self by losing the self: neural correlates of ego-dissolution under psilocybin. Human Brain Mapping, 36(8), 3137–3153.
- Friston, K. (2010). The free-energy principle: a unified brain theory? Nature Reviews Neuroscience, 11, 127–138.
- Gendlin, E. T. (1978). Focusing. Bantam Books.
- Schwartz, R. C. (1995). Internal Family Systems Therapy. Guilford Press.
- Ecker, B., Ticic, R., & Hulley, L. (2012). Unlocking the Emotional Brain. Routledge.
- Siegel, D. J. (1999). The Developing Mind. Guilford Press. (ventana de tolerancia)
- Neff, K. (2011). Self-Compassion. William Morrow.
- Para la teoría de sistemas complejos: Kauffman, S. A. (1993). The Origins of Order. Oxford University Press.
Forma parte de: Neurociencia aplicada.