Esperar a que el calendario te sane es como esperar a que una herida física se cierre sola mientras sigues caminando sobre ella cada día. Puede que aprendas a cojear mejor. Puede que dejes de mirarla.
Pero la herida sigue ahí, abierta, debajo de todo lo que haces para no pensar en ella.
Y lo sabes.
Lo saben también las personas que te dicen «ya pasará». Los que te miran con lástima. Los que prefieren cambiar de tema cuando sacas el nombre de quien ya no está.
No es maldad — es incomodidad. La nuestra es una cultura que no sabe estar con el dolor ajeno.
Pero tú sí tienes que estar con el tuyo.
Porque el duelo no es un problema que se resuelve. Es un peso que, con el acompañamiento adecuado, se aprende a cargar de otra manera. Sin que te aplaste. Sin que defina cada mañana que te levantas.